La sexualidad no empieza en la adolescencia ni cuando surge un problema.
Se acompaña desde mucho antes.
Soy Desiré Martín y acompaño a familias, profesionales y centros educativos en todo lo relacionado con la educación afectivo-sexual de niñas, niños y adolescentes.
Aunque no siempre me dediqué a esto.
Estudié Derecho, ejercí como abogada durante años y durante mucho tiempo el mundo de la infancia me quedaba bastante lejos.
Fue la maternidad la que empezó a mover muchas cosas.


La sexualidad no empieza en la adolescencia ni cuando surge un problema. Se acompaña desde mucho antes.
Soy Desiré Martín y acompaño a familias, profesionales y centros educativos en todo lo relacionado con la educación afectivo-sexual de niñas, niños y adolescentes.
Aunque no siempre me dediqué a esto.
Estudié Derecho, ejercí como abogada durante años y durante mucho tiempo el mundo de la infancia me quedaba bastante lejos.
Fue la maternidad la que empezó a mover muchas cosas.
Todo ese mundo que antes me parecía tan distante empezó a fascinarme profundamente. Me volqué de lleno en la crianza y en el acompañamiento a mis hijas. No fue un camino fácil. La maternidad fue, en muchos sentidos, un salto al vacío: el encuentro con partes de mí misma que no conocía, con preguntas nuevas y con realidades —como la neurodivergencia— que entonces todavía no sabía comprender del todo.
Con mis hijas llegaron las dudas sobre crianza, educación y sobre cómo acompañar de una forma más consciente muchas situaciones cotidianas para las que, en realidad, nadie nos prepara.
Ahí empecé a formarme en pedagogía, en crianza respetuosa, en educación viva y activa, educación emocional y a acompañar también a otras familias.
Y mientras todo eso ocurría, apareció también otro cuestionamiento importante: mi manera de entender la sexualidad.
Empecé a revisar muchas ideas que hasta entonces había dado por hechas y a formarme en sexualidad consciente.
Durante un tiempo acompañé de forma individual y en círculos a mujeres adultas en sus procesos de sexualidad.
Hasta que un día mis hijas me hicieron una pregunta muy simple:
“¿Y por qué nosotras no podemos ir también a tus círculos, si algún día seremos mujeres?”
Recuerdo que esa frase me hizo pensar en algo muy básico:
Gran parte de cómo vivimos la sexualidad en la adultez empieza a construirse en la infancia.
¿Por qué toda esta información ha de llegar siempre tan tarde?
¿Por qué empezamos a hablar de sexualidad, del cuerpo, de los vínculos, del placer, de los límites cuando ya hay tanta desinformación, tanta vergüenza y tanta confusión instaladas?
Ahí entendí con claridad que estábamos llegando tarde.
La sexualidad se acompaña desde la infancia.
Se acompaña en la manera en que hablamos del cuerpo, en cómo respondemos a su curiosidad, en cómo enseñamos límites, intimidad, vínculo, respeto y placer sin tabúes ni silencios.
A partir de ahí decidí especializarme en educación afectivo-sexual infantil y adolescente.
Desde entonces acompaño a familias, profesionales y centros educativos que quieren entender mejor estos procesos y aprender a abordarlos con más información, más naturalidad y más seguridad.
Porque cuando las personas adultas sabemos qué mirar, qué nombrar y cómo sostener ciertas situaciones, deja de haber tanta improvisación, tanto miedo y tanta sensación de estar haciéndolo mal.
Y eso cambia mucho la manera en que niñas, niños y adolescentes crecen en relación con su cuerpo, sus emociones y su sexualidad.